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VIVIMOS EN LA MENTE

El sufrimiento y el dolor desde el punto de vista humano, es decir, continuado en el tiempo, se encuentran dentro de la mente. Sin mente y sin pensamiento no pueden existir.

 Me explico: una osa que defiende a sus cachorros de ser devorados por otro animal se encuentra activada emocionalmente. Su cerebro activa la respuesta de estrés. El objetivo es preparar al cuerpo para la lucha: aumento de la presión sanguínea, ritmo cardíaco, frecuencia respiratoria, tensión muscular... entran en suspenso todas las demás funciones fisiológicas que no sean necesarias para la defensa. Obviamente, su cerebro graba la situación con el objetivo de que en el futuro, ante situaciones similares, la respuesta sea rápida debido al recuerdo. Cuando el peligro pasa, se acabó. La osa recuperará su estado fisiológico habitual y ya está. Luego no se pasará largos ratos pensando y dando vueltas a la situación ni a la posibilidad de que vuelva a suceder. Simplemente, se centrará en lo que deba satisfacer en cada momento.

 Pero ¿y una persona? en primer lugar, los peligros que activan nuestra respuesta de estrés no suelen ser objetivos (ya no hay por ahí fuera fieras que traten de devorarnos por lo general...  bueno, no me refiero a los bancos...) sino psicosociales, por ejemplo, no poder pagar la hipoteca. Mejor dicho, la posibilidad futura de no poder pagar la hipoteca, pues, aunque no nos la hayan ejecutado, nuestra mente, por medio del pensamiento, puede evocar constantemente ese futuro y posible peligro. Nuestro rudimentario cerebro de la edad de piedra activará entonces la única respuesta que es capaz de activar, la misma que la de la osa que defendía a sus cachorros y que sirve para defenderse de la amenaza mediante una acción efectiva de lucha o huída. No obstante, el peligro nunca termina, puesto que está... en nuestro pensamiento. Se cronifica así la respuesta de estrés con los cambios fisiológicos que implica: aumento de la presión sanguínea, ritmo cardíaco, frecuencia respiratoria, tensión muscular... entran en suspenso todas las demás funciones fisiológicas que no sean necesarias para la defensa (como el sexo, el apetito, la atención...). Y, claro, un ratito está bien, pero cinco años de esta manera pueden provocar daños físicos y psicológicos de diverso alcance. Es el estrés humano actual. En nuestro pasado remoto, cuando el pensamiento y la conciencia no habían evolucionado, una vez pasado el peligro, se disipaba la respuesta de estrés y... a otra cosa. Pero la naturaleza "no contaba" con la evolución tremenda, con el "salto" del cerebro humano hacia el pensamiento y la conciencia. Pensar sobre lo pensado y pensar sobre lo sentido... una y otra vez.

 Así pues, no vivimos en la realidad, sino que VIVIMOS EN LA MENTE. Y es ahí donde se genera el sufrimiento. Pero ¿la osa sufre? bueno, la osa siente, la osa reacciona... pero para sufrir es necesario TENER CONCIENCIA DE LAS PROPIAS REACCIONES. Es ahí cuando las cosas se complican y se cronifican, instalándonos en el dolor permanente. Las emociones desagradables, cuyo objetivo natural es que el organismo trate de reducirlas mediante la acción apropiada (acciones defensivas en el caso del estrés) se convierten entonces en algo más: en sentimientos dolorosos que se transforman en indeseados compañeros de viaje. Tan indeseados que algunas personas llegan a optar por poner fin a su existencia.

 Por cierto, los niños no viven en la mente como los adultos y los mayorcitos, solo a ratos. Por eso ellos no sufren igual que nosotros. Salvo traumas tremendos, sus estados emocionales suelen ser pasajeros, ceñidos a la situación. Por eso además entienden mejor el lenguaje natural, no el lenguaje de la mente y el pensamiento. No nos entendemos a veces con ellos porque nosotros, los adultos, si que estamos todo el rato en la mente. Sencillamente, hablamos idiomas diferentes. Ellos no pueden ponerse donde estamos nosotros. Nosotros sí podríamos... si no lo hubiéramos olvidado debido a nuestros condicionamientos socioculturales.

Aunque somos seres únicos por estar dotados de conciencia, seguimos manteniendo un organismo natural sujeto a las leyes de la evolución. Y no podemos negar ni lo uno ni lo otro si queremos tener éxito a la hora de manejar la complicada tarea de ser humanos. Por cierto, ¿alguien nos enseñó?

 Alejandro López

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