El estrés es la respuesta de nuestro organismo frente a las situaciones que nuestro cerebro percibe como amenazantes. Debemos recordar que (el cerebro) está diseñado para la supervivencia y que funciona exactamente igual desde los útlimos 250.000 años. Esto quiere decir que en realidad está preparado para una existencia en la Edad de Piedra.
Y los peligros para los que está diseñado son los propios de la Edad de Piedra: fieras salvajes, otros humanos que quieren comerse nuestra comida, etc. Peligros ante los que era necesaria una enérgica respuesta que nos permitiera conservar la vida. Esta enérgica respuesta implica reacciones rápidas de lucha o de huida del peligro.
Se producen, una vez detectado el peligro, una serie de cambios psicofisiológicos destinados a ponernos en movimiento para atacar o huir: tensión muscular, respiración rápida (oxigenación de los músculos), aumento de la presión sangínea y la tasa cardíaca (bombear mucha sangre a los músculos para que funcionen a tope), sudoración, suspenso del resto de funciones corporales como la digestión... etc. Para ello el cerebro emite órdenes que producen cambios quimicos a nivel hormonal y de neurotransmisores que a su vez activan diversos sistemas del organismo.
En este escenario de la Edad de Piedra, una vez pasado el peligro, la respuesta de estés desaparece y el organismo vuelve a la normalidad.
Pero sucede que en nuestra vida actual, moderna, ya estos peligros no existen, o en muy poca cantidad, por lo que lo que activa nuestra respuesta de estrés son por lo general lo que llamamos estresores psicosociales: tener dinero suficiente, conseguir pareja, un buen trabajo...
Pero aún hay más, también puede activar nuestra respuesta de estrés el simple hecho de pensar o imaginar que pudira suceder alguna circunstancia como las descritas... la neurociencia nos demuestra que el cerebro no distingue entre, por ejemplo, comerse un helado e imaginar comerse un helado. Es decir, la respuesta neuronal y química es exactamente la misma. De ahí que la evocación por medio del pensamiento de posibles peligros o desgracias futuras traiga consigo la activación de la respuesta de estrés como si realmente esos hechos imaginados estuvieran sucediendo.
Ante estos pensamientos y evocaciones sobre posibles escenarios negativos futuros (y también pasados por medio de la memoria) nuestro cerebro descarga una y otra vez la respuesta psicofisiológica de estrés (preocupación, tensión muscular, aumento tasa cardíaca, elevación presión sanguínea...) pero con la salvedad de que no se produce el movimiento físico para el que nos está preparando (reacción de lucha o huida, ¿recuerdas?). Entonces todas las sustancias y cambios químicos quedan en nuestro organismo actuando de forma tóxica.
No realiza la respuesta de movimiento físico, pero esto no significa que el organismo no realice un movimiento. Siempre que la respuesta de estrés se active, nuestro organismo se prepara para dos cosas: huir o luchar. Si el peligro es físico, la respuesta es física, pero si el peligro es psicológico (nuestros propios pensamientos o fantasías) la respuesta será la lucha o la huida (evitación) psicológicas. La lucha o la huida psicológicas se materializan en obsesiones, compulsiones, adicciones, o conductas de evitación, física o mental (evitación de las propias emociones mediante represión, por ejemplo).
El daño fisiológico y psicológico está servido cuando la respuesta de estrés se cronifica y se prolonga en el tiempo, pues fue diseñada por la evolución natural para ser disparada en situaciones excepcionales y de forma breve.