Piensa en cuando los sueños nos parecen tan reales que al despertar estamos sobrecogidos... eso es porque durante el sueño (que nadie duda que es fantasía), se activan los centros emocionales de nuestro cerebro, y es esa activación emocional la que nos confunde hasta el punto de sentir algo así como “esto debe de ser real, porque me siento muy asustado”. Hasta que pasa un rato y nuestro cerebro va convenciéndose de que el peligro no existe y va disipando la respuesta de alarma.
Solemos pensar que si algo nos hace sentir mal ES malo y, al contrario, que si algo nos hace sentir bien ES bueno. Es el Razonamiento Emocional. Proviene de que nuestro cerebro no distingue entre realidad y pensamiento. Por ejemplo, comerse un helado e imaginar comerse un helado provocan exactamente la misma respuesta química de nuestro cerebro. Igualmente, que tu pareja sea infiel e imaginar que tu pareja es infiel provoca la misma respuesta química en tu cerebro y las consiguientes emociones: rabia, miedo e impotencia, con su consiguiente expresión emocional: gritos, llanto, depresión, agresión...
Así, estas emociones, provocadas en realidad por nuestra imaginación, son capaces de desencadenar intensas reacciones emocionales que son las que nos hacen vivenciar la situación como real.
¿Por qué? pues porque nuestro cerebro está diseñado para la supervivencia y las emociones son la gasolina de la supervivencia. Cuando una emoción intensa se desencadena, nuestro cerebro no se para a cerciorarse de forma inmediata si es desencadenada, por ejemplo, por un peligro real o imaginado...
La emoción es simplemente un sistema de respuesta rápida, inmediata, que tiene que ver con la supervivencia, por lo que perder el tiempo comprobando si está provocada por realidad o fantasía nos haría perder un tiempo precioso, tal vez el tiempo que hay entre seguir vivo o morir.
Corrientemente nuestra sensación es: me emociono PORQUE esto es real. Verdaderamente, la secuencia es la contraria: Esto es real PORQUE me emociono.
En efecto, la emoción confiere a la realidad un estatus inmediato de realidad y así es vivenciado por el ser humano. Cuando mi pareja hace algo y yo experimento emociones desagradables, no lo dudo: lo que ha hecho ESTÁ mal. Creo que a nadie se le escapa las importantes implicaciones que tiene este fenómeno en nuestras relaciones con el mundo y con los demás, en particular con aquellos y aquellas con los que pasamos más tiempo.
¿Y por qué nos emocionamos? Bueno, lo primero que no debemos perder de vista es que las emociones son un sistema de respuesta automático de nuestro organismo. Dependen del Sistema Nervioso Autónomo, es decir, de la parte de nuestro Sistema Nervioso que controla respuestas involuntarias, automatizadas, como el parpadeo, la respiración o el ritmo cardíaco. Así pues, saltan de manera involuntaria. Uno no “decide” experimentar miedo. Simplemente, sucede, se activa el mecanismo automáticamente cuando el “radar” cerebral detecta que una situación –o fantasía- puede ser potencialmente peligrosa.
Y, claro, lo más efectivo es que el organismo ni se plantee si la situación es o no real, sino que lo viva con total sensación de realidad, porque si no, no nos moveríamos de manera inmediata.
Así, después de una descarga emocional, por ejemplo de rabia frente a algo que dijo o hizo nuestro hijo o nuestra pareja, no dudamos que fue desencadenada por “algo real”. Es entonces cuando nos inventamos una fantasía, nos contamos a nosotros mismos una historia sobre lo que pasó:
- “Me lo dijiste con un tono sarcástico”
- “No me coge el teléfono porque pasa de mí”
- “No me hace caso porque se burla de mí”
- “Mira la tele porque se aburre conmigo”
- etc, etc, etc.
Y esa historia queda fijada, asociada y reforzada en nuestra mente como la “realidad”, produciéndose una fantasiosa relación causa-efecto cada vez que aparece de nuevo la situación (“me cabreo porque tú hiciste...”). Que se ve reforzada por el hecho de que la emoción aparece cuando se da en el otro la conducta “equivocada” o “maligna”, prueba contundente de que nuestro malestar es CAUSADO por dicha conducta. En realidad lo que sucede es que la emoción ha quedado asociada a la situación. ¿Recuerdan los experimentos de Pavlov con perros, comida y campanitas? Pues algo así.
No quiero terminar sin hacer mención especial al sufrimiento propio y ajeno que provocan estos procesos. Conocerlos y aprender a gestionarlos nos permitiría una existencia más libre... y más realista.